Las lesiones por presión representan uno de los grandes desafíos en el cuidado de personas con discapacidad y dependencia que residen en centros sociosanitarios. Lejos de ser un problema menor o inevitable, constituyen un síndrome geriátrico con profundas repercusiones físicas, emocionales y económicas. La buena noticia es que, según la evidencia más reciente, hasta el 95 % de estos casos pueden prevenirse con un abordaje estructurado, protocolos claros y una cultura del cuidado centrada en la seguridad del paciente.
En el entorno residencial conviven factores de riesgo especialmente elevados: inmovilidad prolongada, alteraciones de la sensibilidad, déficits nutricionales y, en muchos casos, lesiones medulares o enfermedades neuromusculares que comprometen la capacidad de la persona para cambiar de postura por sí misma. Por ello, este artículo ofrece una revisión experta que integra los últimos datos epidemiológicos, las estrategias preventivas más efectivas y las claves de tratamiento, con la mirada puesta tanto en los profesionales sanitarios como en los cuidadores implicados en el día a día.
Una lesión por presión, antes denominada úlcera por presión, se define como una lesión de origen isquémico localizada en la piel y los tejidos subyacentes. Se produce cuando una presión mantenida, a menudo combinada con fuerzas de fricción o cizallamiento, comprime los capilares entre una prominencia ósea y una superficie externa. La presión capilar normal se sitúa en torno a los 20 mmHg; cuando se supera de forma continua, se desencadena un proceso de hipoxia tisular que, si no se revierte a tiempo, conduce a la muerte celular y la necrosis.
En 2014, el trabajo liderado por el Grupo Nacional para el Estudio y Asesoramiento en Úlceras por Presión y Heridas Crónicas (GNEAUPP) introdujo un nuevo modelo teórico que supuso un punto de inflexión: las lesiones cutáneas relacionadas con la dependencia (LCRD). Este enfoque diferencia, dentro del paraguas de las LCRD, las lesiones por presión de otras como las asociadas a la humedad, las provocadas por fricción, los desgarros cutáneos y las lesiones combinadas. La distinción es crucial porque cada tipo requiere medidas preventivas y terapéuticas específicas, abandonando así la tendencia histórica a tratar todas las heridas como si fueran iguales.
Los estudios nacionales de prevalencia coordinados por el GNEAUPP constituyen la principal fuente de información epidemiológica en nuestro país. En el 5º Estudio Nacional (2017), centrado en residencias de mayores y centros sociosanitarios, se obtuvo una prevalencia global de LCRD del 6,24 % (IC 95%: 5,51-7,07 %). Concretamente, las lesiones por presión mostraron una prevalencia del 4,03 %, seguidas de las lesiones por humedad (2,19 %), desgarros cutáneos (1,31 %), lesiones combinadas (1,01 %) y por fricción (0,80 %). Cabe destacar que solo un 7 % de los centros declararon no tener ninguna persona afectada en el momento del corte.
El 6º Estudio Nacional, cuyos datos preliminares se presentaron en 2023, apunta a una prevalencia de lesiones por presión alrededor del 6,05 % en centros sociosanitarios, con una media de 1,15 lesiones por persona y un máximo de cuatro. Si se contabilizan todas las LCRD, la cifra asciende al 9,28 %. Aunque estas cifras representan las más bajas de la serie histórica, los expertos advierten que la baja participación de centros en las últimas ediciones podría infraestimar la realidad, al haber colaborado mayoritariamente instituciones especialmente motivadas en la prevención.
Una variable especialmente significativa fue la titularidad de los centros. La prevalencia de lesiones por presión fue significativamente menor en los centros públicos (2,96 %) que en los privados (4,40 %) y, sobre todo, que en los concertados (8,12 %). Esta diferencia podría reflejar una mayor presión asistencial en los centros concertados, que con frecuencia asumen residentes con grandes necesidades de cuidados sin un incremento proporcional de las ratios de enfermería.
El primer y más determinante factor de riesgo es la dependencia funcional, entendida como la limitación para realizar por uno mismo las actividades de la vida diaria y, en especial, los cambios posturales. A esto se suman otros elementos que multiplican la vulnerabilidad de la piel. La edad avanzada conlleva pérdida de elasticidad, menor grosor dérmico y reducción de la capacidad de regeneración tisular. En personas con discapacidad física, las lesiones medulares completas añaden la ausencia total de sensibilidad por debajo del nivel neurológico afectado, lo que impide percibir el daño incipiente y reaccionar a tiempo.
Los factores de riesgo pueden agruparse en las siguientes categorías:
La prevención efectiva comienza por identificar de forma precoz a las personas con mayor probabilidad de desarrollar una lesión. Para ello, las guías clínicas recomiendan el uso sistemático de escalas validadas, que deben aplicarse en las primeras 24 horas tras el ingreso y repetirse ante cualquier cambio clínico significativo (deterioro funcional, infección, descompensación de patologías crónicas) o, como mínimo, cada seis meses en residentes estables.
Las escalas más utilizadas en España son la de Braden (recomendada por la OMS y el GNEAUPP), la de Norton, la EMINA y la Nova 5. La escala de Braden evalúa seis subescalas: percepción sensorial, exposición a la humedad, actividad, movilidad, nutrición, y fricción/cizallamiento. Una puntuación inferior a 12 puntos indica riesgo alto, mientras que valores entre 13 y 14 se consideran riesgo moderado. Su sencillez y su buena capacidad predictiva la convierten en el estándar de referencia en la mayoría de los centros.
La inspección diaria de la piel debe realizarse de la cabeza a los pies, con especial atención a las prominencias óseas (sacro, talones, trocánteres, escápulas, codos, región occipital). Los signos de alarma incluyen enrojecimiento que no palidece al presionar con el dedo, calor local, edema, induración o pérdida de la integridad cutánea. La higiene debe llevarse a cabo con jabones de pH neutro, evitando frotar o arrastrar la piel, y el secado ha de ser minucioso pero suave, prestando atención a los pliegues.
La hidratación cutánea con cremas emolientes o ácidos grasos hiperoxigenados ayuda a mantener la elasticidad y la función barrera. En zonas de riesgo, se pueden aplicar apósitos protectores transparentes o de espuma fina para reducir la fricción y la cizalla. Paralelamente, es imprescindible gestionar la humedad mediante absorbentes adecuados, cambios frecuentes y productos barrera que aíslen la piel de la orina y las heces. No hay que olvidar que una buena ingesta de líquidos y una alimentación equilibrada, enriquecida si es necesario con suplementos proteicos, forman parte del plan de prevención.
Los cambios posturales programados constituyen la intervención no farmacológica más costo-efectiva. La pauta clásica recomienda recolocar a la persona encamada cada 2-4 horas, alternando decúbitos laterales y posición supina, y cada hora si permanece en sedestación. Para los usuarios de silla de ruedas, enseñarles a aliviar la presión inclinando el tronco hacia delante o desplazando el peso sobre los muslos puede marcar la diferencia.
Cuando el riesgo es elevado, las superficies especiales de manejo de la presión (SEMP) complementan, pero no sustituyen, los cambios posturales. Se clasifican en estáticas (cojines de aire, viscoelásticos, de fibras siliconadas) para riesgo bajo-medio, y dinámicas (colchones de aire alternante de celdas, sistemas de baja presión) para riesgo medio-alto. Es importante evitar soluciones obsoletas como los flotadores o «roscos», que generan un efecto torniquete y aumentan la presión en los bordes, empeorando el problema.
Cuando la prevención falla, una correcta categorización permite instaurar el tratamiento adecuado. El sistema consensuado por GNEAUPP diferencia cuatro estadios. El estadio I se caracteriza por eritema no blanqueante sobre piel íntegra. El estadio II implica pérdida parcial del espesor de la dermis, con una úlcera superficial de lecho rosado o una ampolla intacta. El estadio III supone pérdida total del grosor de la piel, con visualización de grasa subcutánea pero sin exposición ósea, tendinosa o muscular. El estadio IV presenta destrucción extensa con hueso, tendón o músculo expuestos. Existen además lesiones no categorizables y lesiones de tejidos profundos sospechosas de daño oculto.
La valoración debe incluir la localización exacta, las dimensiones (longitud, anchura y profundidad), el tipo de tejido presente en el lecho (necrótico, esfacelado, granulación, epitelización), la cantidad y características del exudado, y la presencia de signos de infección local o sistémica. Herramientas como la escala PUSH ayudan a monitorizar la evolución de forma objetiva.
La limpieza con suero fisiológico a presión suficiente para arrastrar detritus sin dañar tejidos sanos es el primer paso. Si existe tejido necrótico o esfacelos, el desbridamiento se vuelve imperativo, ya que estos materiales impiden la cicatrización y son caldo de cultivo para bacterias. Las opciones incluyen el desbridamiento cortante (a pie de cama, por profesionales entrenados), el autolítico (mediante hidrogeles en ambiente húmedo), el enzimático (con colagenasa) y, en casos extensos o con sepsis, el quirúrgico.
La elección del apósito se guía por el principio de mantener un ambiente húmedo y controlar el exudado. Para lesiones secas con poco exudado se utilizan hidrogeles; para exudados moderados, apósitos de espuma; para cavidades o tunelizaciones, alginatos o hidrofibras; y ante signos de infección, apósitos con plata. Aquí se resumen las principales indicaciones:
La tecnología aplicada al cuidado de la piel está transformando la práctica clínica. Existen ya dispositivos inteligentes que monitorizan la temperatura y el pH de la herida, apósitos capaces de detectar cambios bioquímicos indicativos de infección, y sistemas de visión artificial que, mediante fotografía digital, permiten medir el área y clasificar la lesión con gran precisión. La inteligencia artificial se está incorporando en aplicaciones que ayudan a personalizar el plan de curas a partir de imágenes y parámetros clínicos.
En el ámbito de la prevención, destacan los colchones de aire alternante de última generación con sensores de presión integrados, las grúas de techo que minimizan la fricción durante las transferencias, y los dispositivos de movilización autónoma programable que realizan cambios posturales sin intervención del cuidador. Estas innovaciones no solo mejoran los resultados en salud, sino que contribuyen a la sostenibilidad del sistema al reducir hospitalizaciones y complicaciones derivadas de las lesiones por presión.
Ningún protocolo, por bien diseñado que esté, funciona sin profesionales formados y motivados. La capacitación continua debe abarcar la correcta identificación de los diferentes tipos de LCRD, el manejo de escalas de riesgo, las técnicas de movilización segura y la selección racional de apósitos. Pero tan importante como el conocimiento técnico es la actitud: abandonar la falsa creencia de que estas lesiones son «normales» en personas mayores o dependientes, y asumir que cada una de ellas constituye un evento adverso evitable que debe ser registrado y analizado.
En el entorno residencial, el trabajo en equipo interdisciplinar —enfermería, medicina, fisioterapia, terapia ocupacional, nutrición, auxiliares de geriatría— marca la diferencia. Cuando los canales de comunicación son fluidos y cada profesional conoce su rol, se consolida una cultura de seguridad. Además, la implicación de los cuidadores no profesionales (familiares) a través de educación sanitaria y acompañamiento mejora la adherencia a las pautas preventivas durante estancias fuera de la institución o tras el alta.
Si su ser querido vive en una residencia o tiene movilidad reducida y necesita ayuda para cambiar de postura, las conocidas como escaras o llagas por presión no tienen por qué aparecer. Estas heridas son heridas que se forman cuando una zona del cuerpo está demasiado tiempo apoyada sin aliviar la presión. Las zonas más frecuentes son la parte baja de la espalda, los talones, las caderas y los codos. Lo esencial es vigilar la piel a diario: observe si hay zonas enrojecidas que no desaparecen al tocarlas, ampollas o rozaduras, y comuníquelo inmediatamente al personal sanitario.
Usted puede colaborar activamente en la prevención. Ayude a su familiar a moverse o, si no puede, recuerde al equipo que es necesario cambiar de postura con regularidad. Mantenga la piel limpia y bien seca, sobre todo si utiliza pañales. Una alimentación variada y beber agua suficiente ayudan a que la piel esté más fuerte. Si ya existe una herida, siga las indicaciones de los profesionales y evite remedios caseros como pomadas no indicadas o flotadores, que pueden agravar el daño. La prevención es un trabajo en equipo donde la familia tiene un papel muy valioso.
La evidencia acumulada desde el primer estudio nacional de prevalencia permite afirmar que las diferencias entre centros públicos, privados y concertados no obedecen al azar, sino a determinantes estructurales como la ratio enfermera-residente, la estabilidad de las plantillas y la existencia de protocolos institucionales vivos y evaluables. La implementación efectiva de programas de prevención requiere un enfoque multifactorial que incluya auditorías periódicas, formación continuada acreditada y, sobre todo, el compromiso de los órganos de dirección para dotar de los recursos materiales necesarios: superficies dinámicas, apósitos de gama alta y acceso a consultoría especializada en heridas.
Desde el punto de vista clínico, la adopción generalizada de la escala de Braden como herramienta común en todos los niveles asistenciales y la migración hacia la clasificación unificada GNEAUPP de LCRD son medidas prioritarias. Asimismo, se recomienda implantar sistemas de registro que permitan calcular indicadores como la incidencia acumulada, la tasa de recidivas y el porcentaje de lesiones nosocomiales respecto al total. La telemedicina y los sistemas de foto-documentación deben incorporarse progresivamente, ya que facilitan la supervisión por parte de unidades de referencia y reducen la variabilidad en la práctica clínica. Solo un abordaje sistémico y basado en datos permitirá acercarse a ese 95 % de casos evitables que la literatura promete y que los residentes merecen.
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